¡Ah qué florido es el lenguaje! Ayer eché unas exóticas palabrotas, hasta inventé una nueva también; siempre pasa, vas por la calle y ¡zas! se te mete un carro y tú empiezas a sacar ese vocabulario desde las profundidades de tu cerebro y luego ¡zus! te metes a un carril sin poner direccional y otra persona te estará dirigiendo esas palabrillas cual conejillos en primavera que simplemente se reproducen y reproducen en abundancia, a todos nos pasa.(Por razones de este texto, llamaremos a cualquier palabra altisonante como “la becerra” simplemente para evitar el uso excesivo de signos como el gato, el porciento y comillas entre otras.)
Pero, ¿es realmente mentarle la becerra a alguien tan malo como dicen?
Empecemos con una teoría, ¿cuándo es que echamos la becerra?
cuando estamos enojados, cuando algo nos salió mal, cuando le metieron un gol a nuestro equipo, cuando le metimos un gol al otro, cuando estamos sorprendidos, cuando estamos felices, cuando estamos en shock, cuando nos divertimos y hay muchas más, pero todos estos ejemplos son sentimientos y emociones que tenemos, cosa que me pone a pensar si realmente existieran una becerra para cada emoción, pero ese será otro tema.
Así como buen Cotton que soy, me puse a investigar un poco y resulta que esta teoría de arriba está bastante acertada. La principal razón para echar becerras es eliminar el dolor o disminuirlo. Yo hice la prueba, me golpeé con la puerta del carro y me dolió una becerra pero pude aguantarme, yo creo que es porque cuando te golpeas con algo simplemente tu cerebro se enfoca en decir becerras y poco a poco vas olvidando el dolor, pero no sé, tendrás que decírselo a la amígdala cerebral nuevamente (si que da mucho de que hablar estos últimos viernes).
En resumen, si maldecir es un alivio del dolor y quita las tenciones… maldigan, maldigan hijos míos cuando sientan dolor, maldigan para no llorar. (Tampoco se pasen)
He dicho.